martes, 16 de octubre de 2007

Rito

El Max adelantó un camión a 140 kilómetros por hora. Llevábamos las ventanas abiertas. Julia se peinaba mientras estiraba sus piernas en el asiento trasero de la furgoneta. Se recostaba, apoyando su cabeza en las piernas de Raúl. Despedía su perfume, a cada roce en que acariciaba su cabello. Yo pensaba en el imbécil de Raúl. No creía en la cuea que tuvo para enamorarla. Es un imbécil. Un imbécil-rico-hippie. Y lo peor de todo, es que Julia lo sabía. Lo supo desde el mismo momento en que lo conoció, y por eso le encantó. Dice que lo ama. Me acordé del pito que traía en mi bolsillo. Y me apresuré en encenderlo. El olor a hierba siempre me antojaba mear. Y Julia decía puras huevadas. A veces trato de ignorarla, pero no, cada vez descubro que se parece más a Raúl. Son la pareja perfecta: cachan hasta reventarse los pulmones, y pelean hasta besarse con locura. Me pregunto cómo yo le gusté y cómo dejó que no le siguiera gustando. Las minas son todas unas perras. Incluso Julia, que hasta el día de hoy me agradece haberme conocido porque conmigo encontró a Raúl. Y cuando me dice esas cosas, yo atino a abrazarla y decirle que es la mina más bacán del mundo, que la quiero más que la cresta. La carretera se parecía a la del correcaminos "mic mic", tan saco de hueas que es el coyote. Me encantaría que por fin atrapara a ese pájaro y lo matara. El sol nos inundaba en el rancio olor a sudor del Max. Paramos un poco, y yo aproveché de mear. Me paré en medio de la carretera y fluí junto con mi propio pichi. Me reí de mi mismo y se me cayeron las lágrimas. Sé que por eso la Julia me quiere harto, porque soy igual de sensible que ella. Me emociona cualquier estupidez que me haga sentir vivo. Julia cantaba y bailaba, y yo seguía meando. Cuando terminé, me abrí de brazos, corrí al lado de Julia, y le saqué el pito de su boca. Me acarició la mejilla. Nos subimos a la furgoneta. Partimos de nuevo a 140 kilómetros por hora, con las ventanas abiertas. Atrás, la pareja perfecta comenzaba a agarrase el culo, para luego besarse desenfrenadamente. A mí se me caían los párpados, mientras me sonreía a mí mismo. Trataba de concentrarme en lo que me decía Max. Max también anduvo detrás de la Julia, pero no se enamoró. Siempre dijo que se la tiró por rica. Yo le creo, nosé porqué, pero le creo.

viernes, 21 de septiembre de 2007

FELIZ CUMPLEAÑOS JAIME


uno, dos, tres...


"cumpleaños felizzz

te deseamos a tiiiiii

Cumpleaños Jaimeeee

que los cumpla feliiiizzz"


Ahora con la banda de Tommy Rey de fondo:

"que los cumpla feliz (feliz feliz)

que los cumpla feliz (feliz feliz)

ta ta taaaa ta ta tata.. ta ta ta ta ta ta (8)"

Viceversa 1

Viceversa 1
Por Diego Núñez Fuentes



- Hay tres asientos libres a tu derecha. A ver si te acomodas.
- No importa.
- ¿No importa?
- Te amo, ya lo sabes.
- No es cierto. No me conoces.

Ella dejó de juguetear con su aro izquierdo y se dedicó a observar el paisaje nocturno. Las luces atravesaban el vidrio pulsando en un compás definido y usual para él. Tan usual que prefirió ignorarlas y centrarse un momento en el vidrio opuesto, ahí donde ella se reflejaba de forma tenue. Siempre le habían gustado los reflejos, le daba la impresión que las figuras se despojaban de todos sus vicios y se podían mostrar con total virtuosismo. De ella sólo lograba ver su hombro y el mechón de pelo castaño oscuro ocultando su rostro.

Ella había contado veinticinco luces cuando él se bajó de la micro. No quiso voltear a verlo, y así evitó que advirtiese su rostro desvanecido. Notó que parte de su brazo derecho se enfriaba, y lo frotó de forma instintiva. Se fijó en el vidrio opuesto: nunca le habían gustado mucho esos reflejos, parecían tener forma cadavérica, fría, incluso deshonesta. Quedaban otros tres pasajeros anónimos al frente y todos cabeceaban al compás opuesto de las luces que seguían rasgando el paisaje a su izquierda. Buscó en su cartera el celular, en él el número más frecuentemente marcado, en él la opción borrar.

Cuando él puso un pie en el borde de la acera, y esgrimía firme su brazo izquierdo en el pasamano de la puerta, debió tambalearse y caminar con el impulso de la micro en movimiento para no caerse. Un leve rastro de lágrima, cortado abruptamente en la mitad de su mejilla derecha, acusaba una gota que no demoraba en caer. Apuró el paso para evitar a los de siempre apostados en el paradero infectado por sus largos dedos, piernas, bolsos, ojos. Bajó de la acera adelantando su pie izquierdo, mientras su mano derecha buscaba el celular en el bolsillo decidido a borrar el último número marcado. Un precipitado destello antecedió al parachoques incrustado en sus rodillas, a su cuerpo ínfimo azotando el capó, a su espalda dibujando astillas de vidrio molido enrojecido en el veloz parabrisas.

De a poco, la carne emprendía un leve reencuentro a medida que brotaban astillas de vidrio desde las heridas abiertas. Las líneas inyectadas en su dorso se desvanecían al tiempo que los fragmentos se cerraban en singular asociación, curvando el espacio entre ellas y formándose en una capa de cristal límpido. Expulsado su cuerpo suavemente hacia el frente, iniciándose de improviso el flujo a través de las venas restauradas, el metal retorcido rugía por su independencia, estirándose y absorbiendo chispas de fuego que soldaron con precisión artesana el molde metálico del automóvil.

Sus pies tocaron el asfalto en un recorrido luminiscente. La luna avanzó hacia el oriente, mientras los ojos lograban enfocar los faroles del otro extremo de la calle. Su mano derecha aflojaba la brutal fuerza con que aferraba el celular, liberando los dedos y abandonando su bolsillo mientras el pie izquierdo buscaba la acera desde abajo. Un paso tras otro, el polvo se acurrucaba en los contornos de sus zapatos, devorando en bocanadas las nubes de aire gélido que se entibiaban a medida que lograban ingresar a la boca entreabierta. Un minúsculo cráter de tierra suelta expulsaba con furia una gota salada, alcanzando su mejilla y barriendo el líquido que iba a dar a las comisuras de su ojo derecho. Saltó decididamente, apoyando su pie derecho en el último escalón de la micro que lentamente aceleraba la marcha, aferrando con fuerza creciente el pasamano de la puerta.

Los botones del celular de ella hacían rebotar sus dedos como un pulso repetido, mientras en la pantalla un número comenzaba a escribirse. Luego, un nombre. De un salto, el aparato buscó la oscuridad de la cartera, mientras el cierre apretaba sus dientes en misteriosa complicidad. El aire frío abandonaba resignado al transporte, logrando salir segundos antes de que la puerta se cerrara. El sonido de un timbre se perpetuaba entre los muros metálicos, y el botón que lo produjo empujaba con celo al dedo intruso que lo oprimía. Ella rozaba tercamente su brazo derecho con los dedos, absorbiendo el calor con su mano y olvidando lo útil que podría resultar hacerlo. Un súbito calor invadió repentinamente su gélido brazo mediante otro brazo, que se incorporaba desde el pasillo con alevosía.

Las miradas de ambos se oponían en dirección, cada una centrada en la película de reflejos que se invertían graciosamente en los vidrios. Ella iniciaba la cuenta regresiva de luces de neón, mientras él intentaba recordar un discurso añejo de compases en los vidrios.

La mano de ella se elevaba con dulzura para encontrarse con su aro izquierdo, abandonando la cuenta regresiva y el paisaje nocturno.

- Me conoces desde hace ya bastante tiempo. Sabes que es cierto.
- Pero no te amo
- No importa
- ¿No importa?
- Hay tres asientos libres a tu derecha. A ver si te acomodas.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Bienvenida

Hola...

Pues me quité suficiente sueño como para hacer el blogsh. Por ahora es solo esto, pronto linkearé y mandaré las invitaciones. La profe no tiene una cuenta de blogger (que yo sepa) tonces habrá que pedirle su gmail y así el sistema la guía para que la haga. YYYYyyyy... eso!

A subir a subir!