Viceversa 1
Por Diego Núñez Fuentes
- Hay tres asientos libres a tu derecha. A ver si te acomodas.
- No importa.
- ¿No importa?
- Te amo, ya lo sabes.
- No es cierto. No me conoces.
Ella dejó de juguetear con su aro izquierdo y se dedicó a observar el paisaje nocturno. Las luces atravesaban el vidrio pulsando en un compás definido y usual para él. Tan usual que prefirió ignorarlas y centrarse un momento en el vidrio opuesto, ahí donde ella se reflejaba de forma tenue. Siempre le habían gustado los reflejos, le daba la impresión que las figuras se despojaban de todos sus vicios y se podían mostrar con total virtuosismo. De ella sólo lograba ver su hombro y el mechón de pelo castaño oscuro ocultando su rostro.
Ella había contado veinticinco luces cuando él se bajó de la micro. No quiso voltear a verlo, y así evitó que advirtiese su rostro desvanecido. Notó que parte de su brazo derecho se enfriaba, y lo frotó de forma instintiva. Se fijó en el vidrio opuesto: nunca le habían gustado mucho esos reflejos, parecían tener forma cadavérica, fría, incluso deshonesta. Quedaban otros tres pasajeros anónimos al frente y todos cabeceaban al compás opuesto de las luces que seguían rasgando el paisaje a su izquierda. Buscó en su cartera el celular, en él el número más frecuentemente marcado, en él la opción borrar.
Cuando él puso un pie en el borde de la acera, y esgrimía firme su brazo izquierdo en el pasamano de la puerta, debió tambalearse y caminar con el impulso de la micro en movimiento para no caerse. Un leve rastro de lágrima, cortado abruptamente en la mitad de su mejilla derecha, acusaba una gota que no demoraba en caer. Apuró el paso para evitar a los de siempre apostados en el paradero infectado por sus largos dedos, piernas, bolsos, ojos. Bajó de la acera adelantando su pie izquierdo, mientras su mano derecha buscaba el celular en el bolsillo decidido a borrar el último número marcado. Un precipitado destello antecedió al parachoques incrustado en sus rodillas, a su cuerpo ínfimo azotando el capó, a su espalda dibujando astillas de vidrio molido enrojecido en el veloz parabrisas.
De a poco, la carne emprendía un leve reencuentro a medida que brotaban astillas de vidrio desde las heridas abiertas. Las líneas inyectadas en su dorso se desvanecían al tiempo que los fragmentos se cerraban en singular asociación, curvando el espacio entre ellas y formándose en una capa de cristal límpido. Expulsado su cuerpo suavemente hacia el frente, iniciándose de improviso el flujo a través de las venas restauradas, el metal retorcido rugía por su independencia, estirándose y absorbiendo chispas de fuego que soldaron con precisión artesana el molde metálico del automóvil.
Sus pies tocaron el asfalto en un recorrido luminiscente. La luna avanzó hacia el oriente, mientras los ojos lograban enfocar los faroles del otro extremo de la calle. Su mano derecha aflojaba la brutal fuerza con que aferraba el celular, liberando los dedos y abandonando su bolsillo mientras el pie izquierdo buscaba la acera desde abajo. Un paso tras otro, el polvo se acurrucaba en los contornos de sus zapatos, devorando en bocanadas las nubes de aire gélido que se entibiaban a medida que lograban ingresar a la boca entreabierta. Un minúsculo cráter de tierra suelta expulsaba con furia una gota salada, alcanzando su mejilla y barriendo el líquido que iba a dar a las comisuras de su ojo derecho. Saltó decididamente, apoyando su pie derecho en el último escalón de la micro que lentamente aceleraba la marcha, aferrando con fuerza creciente el pasamano de la puerta.
Los botones del celular de ella hacían rebotar sus dedos como un pulso repetido, mientras en la pantalla un número comenzaba a escribirse. Luego, un nombre. De un salto, el aparato buscó la oscuridad de la cartera, mientras el cierre apretaba sus dientes en misteriosa complicidad. El aire frío abandonaba resignado al transporte, logrando salir segundos antes de que la puerta se cerrara. El sonido de un timbre se perpetuaba entre los muros metálicos, y el botón que lo produjo empujaba con celo al dedo intruso que lo oprimía. Ella rozaba tercamente su brazo derecho con los dedos, absorbiendo el calor con su mano y olvidando lo útil que podría resultar hacerlo. Un súbito calor invadió repentinamente su gélido brazo mediante otro brazo, que se incorporaba desde el pasillo con alevosía.
Las miradas de ambos se oponían en dirección, cada una centrada en la película de reflejos que se invertían graciosamente en los vidrios. Ella iniciaba la cuenta regresiva de luces de neón, mientras él intentaba recordar un discurso añejo de compases en los vidrios.
La mano de ella se elevaba con dulzura para encontrarse con su aro izquierdo, abandonando la cuenta regresiva y el paisaje nocturno.
- Me conoces desde hace ya bastante tiempo. Sabes que es cierto.
- Pero no te amo
- No importa
- ¿No importa?
- Hay tres asientos libres a tu derecha. A ver si te acomodas.